Prensa

dic 4, 2018
Fuente: La Tercera - Pulso
Categoría: Homepage

Ha cumplido sus objetivos la ley de etiquetado de alimentos?


Transcurridos más dos arios desde su implementación, y existiendo altos índices de obesidad y sobrepeso en la población chilena -que sitúan al país dentro de los que presentan mayores problemas en la materia-, hay juicios dispares en relación al éxito que ha tenido la iniciativa.

Por una mejor evaluación

Cuando se quiere evaluar el nivel de éxito o fracaso de una política pública, se debe hacer respecto al objetivo original que motivó su creación. En este caso, la ley de etiquetado de alimentos y su publicidad fue diseñada con un mandato claro y explícito: ayudar a reducir los índices de obesidad y sobrepeso que presenta nuestro país.

Ese es un objetivo absolutamente común y transversal.

Pese a ello, sería ingenuo suponer que basta con etiquetar los alimentos para resolver un problema de salud tan profundo. En esto también existe pleno consenso entre la industria, la autoridad y el mundo académico. No se le puede atribuir una responsabilidad tan compleja a una única herramienta.

Pero debemos mirar si esta herramienta, cualquiera sea su aporte, está ayudando o no a alcanzar el objetivo. Y la respuesta es tan clara como aún provisoria: no lo sabemos y no se puede medir válidamente según el tiempo transcurrido.

En el último tiempo hemos sido testigos de estudios de distinta índole que le atribuyen diferentes grados de éxito o fracaso a esta ley. "Nulo impacto", titulaban algunos medios al citar un informe de la Universidad de Chile; "Cae compra de productos", esbozaron otros medios a los pocos días, presentando ahora un informe del Instituto de Nutrición y Tecnología Alimentaria (INTA) de la misma casa de estudios.

Al mirar exclusivamente algunas categorías específicas de alimentos, como las reportadas en el informe del INTA, o en un período acotado de tiempo, es altamente probable que se encuentren efectos particulares sobre la compra de determinados alimentos. Pero las preguntas que nos debemos hacer son otras: ¿qué están consumiendo ahora las personas que dejaron de ingerir un determinado alimento? ¿Cómo se han sostenido en el tiempo esas tendencias de consumo? ¿Cuál es la ingesta calórica actual de los chilenos en relación a la etapa previa a la entrada en vigencia de la ley? Y un largo etcétera.

Argumentar que la ley ha sido exitosa porque las encuestas de percepción arrojan que los chilenos "valoran" la normativa, es conocida, las empresas obviamente la cumplieron, porque las ventas de una determinada categoría se contrajeron en un período específico (sin saber, siquiera, como se comporta actualmente), o porque las compañías han mostrado la disposición -desde mucho antes de la ley- de reformular alimentos, me parece que es simplificar la evaluación, con la única idea de querer validar un reglamento, más allá de la evidencia científica con la que se disponga.

Sin duda, esta ley ha generado externalidades positivas. La principal y más relevante es que ha permitido llevar al debate público la importancia de los hábitos alimenticios, tema que muchas veces descansa en la gaveta de los expertos y cuesta que llegue a la sobremesa de las familias. Pero esto no es sinónimo de una buena norma, y mucho menos de que se esté avanzando en la línea correcta para lograr el éxito.

Como industria de alimentos llevamos años promoviendo la implementación de una buena normativa de etiquetado. No queremos una ley que se defienda por principios políticos, sino una que se valide por méritos propios. Queremos una ley que ayude a los consumidores a elegir correctamente y a generar hábitos de alimentación saludables en el largo plazo. Por ello, hemos apuntado racional y respetuosamente los múltiples defectos de su reglamento.

Lamentablemente en materia de etiquetado de alimentos, en algunos han primado consignas que buscan perfilar esta iniciativa como un "modelo internacional", cuando en realidad no existen fundamentos sólidos y objetivos para sostener esa idea. La escasa información disponible genera más dudas que certezas respecto a sus efectos, lo que nos obliga a abrir los espacios de diálogo (aunque algún senador no entienda la importancia de ese debate y pretenda conculcar la libertad de expresión) y lograr la colaboración necesaria para tener una evaluación integral y objetiva que ayude a trazar los caminos futuros en esta materia.

 

Una ley de clase mundial

Chile tiene una alta prevalencia de obesidad -25% de niños de 6 años son obesos y un 50% tiene sobrepeso- y las patologías asociadas: cánceres, infartos, hipertensión y diabetes (mal llamadas no-trasmisibles, pues se "trasmiten" por el neuromarketing) son las principales causas de muerte, un enorme gasto en salud pública y afectan a los más pobres. La obesidad es multifactorial, pero los alimentos de mala calidad y la poca actividad física son eje central de la pandemia que amenaza la humanidad. La única "vacuna" es la prevención y eso requiere el cambio conductual que busca la Ley de Etiquetado Nutricional (LEN).

Evaluaciones serias de la LEN arrojan promisorios resultados que vaticinan su éxito. Así, la reciente evaluación de las universidades de Chile (INTA), Diego Portales y Carolina del Norte muestran importantes cambios: compra de bebidas azucaradas y cereales de desayuno disminuyó en un 25 y 14%; contenidos de azúcar en productos bajaron entre un 20 y 35%, y de sal, entre un 5 y 10%. También se redujo la exposición de niños y adolescentes (46 y 62%) a la publicidad de alimentos con altos niveles de nutrientes críticos (sal, azúcar, grasas y calorías) en televisión e Internet. Y lo más importante es la alta comprensión y valoración (90%) de los sellos de la población en general.

Los datos muestran que, el ambiente alimentario se vuelve más saludable, mejora la comprensión de la calidad y se modifica la voluntad de compra. Ninguna ley en Chile ha tenido ese impacto en tan corto plazo.

Así lo entiende la comunidad académica y científica de Chile, así como el mundo que trabaja contra la malnutrición, que participó en la elaboración de la ley chilena y la respaldan con entusiasmo. En los congresos de nutrición más importantes del planeta, la LEN es considerada como herramienta fundamental. La OMS -FAO edita libros y publicaciones para promoverla como modelo a seguir. Perú y Uruguay la implementaron; Canadá, Argentina, Ecuador, Guatemala y Brasil avanzan por caminos similares; naciones de África y Asia nos piden conocer la experiencia. ¿Están todos equivocados?

La LEN permite saber cuándo un alimento tiene exceso de nutrientes críticos e impide su venta en colegios y alrededores, prohíbe que con regalos y caricaturas engañen a los niños y su publicidad en medios masivos.

AB Chile y Carozzi promueven un etiquetado incomprensible, que permite a la industria poner alimentos basura en envases que parecen saludables, así impide el derecho a saber y puede hacer publicidad engañosa. Proponen usar porciones, en vez de 100 gramos, para modificar el tamaño y eliminar los sellos. En 2009, cuando se discutía la LEN, propusieron el rotulado GDA, que fue calificado de incomprensible. Ahora plantean un formato similar para reemplazar o acompañar los sellos, pero que sólo confundirá y atenuará sus efectos. Una publicación-de la Universidad de Cambridge -Public Health Nutrition (2017)- y otras de advertencia más fácil de entender OPS establecen que los sellos son la y proclive a generar cambios de conducta.

La LEN busca incentivar la reformulación a alimentos saludables. El 20% de la industria lo ha hecho y para algunos, como Colún y Soprole, no tener sellos es una estrategia de venta, que induce al consumidor a migrar hacia alimentos saludables.

Es inaceptable que otras empresas desprecien la evidencia científica y pretendan convertirse en reguladores para impedir ser regulados, y que la ley se adecúe a sus intereses. Para eso financian rostros o campañas para difundir fake news y sabotear una política pública calificada como la herramienta más importante para prevenir la más grave epidemia del siglo XXI y proteger la salud de los niños.

¿Por qué no invertir esos recursos en reformular su producción y ofrecer alimentos sanos, sin sellos, ni restricciones? No entendemos la porfía. La única explicación es querer seguir obteniendo millonarias utilidades vendiendo basura disfrazada de comida saludable.

 

Recuadro

Es inaceptable que algunas empresas desprecien la evidencia científica.

La escasa información disponible genera más dudas que certezas respecto a sus efectos.

Pie de página Rodrigo Álvarez Presidente de AB Chite Guido Girardi Senador